Intersticios

 

Uno se construye historias. Y las vive intensamente en lo recóndito de su imaginario. Paisajes, personas, texturas, aromas, sabores. Lo no dicho, allí se dice. Lo prohibido, allí se desinhibe. Se despliega la fantasía en toda su paleta de colores y por un rato se vuela sin cuerpo a través de la riqueza pura y absoluta de la capacidad infinitamente humana.
Uno se construye historias. Y a veces las traduce a lo tangible y las vive intensamente en lo obvio de la realidad. Y esas historias adquieren matices impensados, porque la realidad tiene su propia manera de imponerse y no siempre responde a los caprichos del imaginario. Y quizás los paisajes, las personas, las texturas, los aromas, los sabores, no son exactamente como se habían imaginado, pero SON.
Uno se construye historias. Y a veces la realidad le gana al imaginario en belleza. Y a veces el imaginario es tan frondoso que resulta insondable. Casi insoportable de tanta riqueza. Ese imaginario que se reproduce a toda velocidad, como células programadas por la mágica biología.
Uno se construye historias. Historias que alimentan, historias que queman, historias de regocijo, historias con mil desenlaces paralelos, historias en blanco y negro, historias secretas.
Uno se construye historias en un sitio que no existe. En un mundo de dimensiones superpuestas. Y uno es hasta feliz con esas historias, por más inverosímiles que sean.
Uno las construye y a veces, algún día, se levanta por la mañana y ya no están. O desaparecen, o las borra, o las evita. El artefacto del imaginario falla. A veces por voluntad, a veces por necesidad. Porque, a veces, solo a veces, la locura de eso todo es tal, que resulta insostenible para la frágil biología de un cerebro físico que necesita caminos sinápticos predecibles, dibujados, surcados. Y las historias una vez construidas, a veces, solo a veces, se borran.
Y sin embargo.
Algunas resisten, más allá de la voluntad de ese cerebro.
Resisten arrinconadas, agazapadas, depredantes, hambrientas, esperando esos intersticios de la mente consciente para surgir, para sacudir y explotar en colores, en texturas, en aromas, en paisajes, en personas.
Y uno se construye historias. Y las vive intensamente en lo recóndito de su imaginario.
Porque no puede no hacerlo.

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